Estaba por salir de tu departamento, nos poníamos la ropa y tenías ese tono amoroso de después del sexo, reconciliador diría.
Me dijiste que acababa de morir Michael Jackson.
Recordé entonces.
Regresábamos de la escuela, mi padre se esperó hasta estacionar el Ford y sacó de la cajuela el long play como si fuera cualquier cosa. Ya todos lo tenían. El hombre negro vestido de negro con el pelo erizado: igualito que en el video donde los muertos salen de sus tumbas y bailan una coreografía llena de vida.
La mejor resurrección la hizo este hombre.
Los demonios flamantes ahondaban en él.
Mi hermano se echó al suelo a limpiar el piso con su ropa, bailando como rehilete, poseso.Yo no aprendí a bailar pero me esforcé con esa música de fondo. Mi cuerpo envuelto en la torpeza que no me dejaría. Todavía rompo vasos y platos y evito estar en cristalerías.
Al ídolo lo acosaron los zombies y sus invenciones aterciopeladas.
No vivió una vida discreta.
Muerto dormirá con niños y abrazará el sueño inventado de Disney, más personal, antierotizado.
Su mano tiene un guante blanco alejándose del mundo fantasmal de afuera.
Pides el taxi y me miras por primera vez queriendo verme.
Me miras con sospecha cuando me quedo callada.
El elevador baja tres pisos.
Me recibe la luz de la calle y yo llevo en mí el olor de tu piel y la noticia marcada.